«

»

Mar 24

Los desafíos del yihadismo

Un Periódico 13/02/2016

La mayor parte de los jóvenes que se radicalizan hacia la yihad y el terrorismo no tienen un recorrido religioso importante. foto: archivo particular

La mayor parte de los jóvenes que se radicalizan hacia la yihad y el terrorismo no tienen un recorrido religioso importante. foto: archivo particular

El Estado Islámico posee un espacio territorial concreto, con una organización institucionalizada, una financiación sostenida por el crimen organizado y los hidrocarburos y unas milicias bien entrenadas. No es solo un grupo terrorista, ha adquirido la dimensión de un Estado terrorista. Por eso, las respuestas para combatirlo deberían pasar por la coherencia y sensatez entre los actores de la comunidad internacional.

En todo documento enfocado al análisis de las amenazas internacionales a las que se enfrenta el mundo de la globalización, se menciona el ascenso y expansión del yihadismo. Particular mención merecen las acciones del Daesh o Estado Islámico.

Aunque en su perfil se aprecie una diferencia en su organización y objetivos, el fondo de las conductas irracionales de quienes abrazan esta causa no es una novedad. No hace falta recordar el terror y las reacciones que provocó Al Qaeda, que hoy parece el “hermano menor” de estos otros que ocupan las páginas de la prensa.

El terrorismo islamista es como la Hidra de la mitología griega: policéfala y de aliento venenoso, que se regenera y multiplica sin cesar. Para el caso, se terminó con Bin Laden, pero a éste le siguió Abu Bakr al Bagdadi (líder de Estado Islámico), quien a su vez será sucedido por cualquier otro de los predispuestos, como ha pasado en movimientos del mismo tipo.

El yihadismo es un monstruo de gran crueldad y se necesitará tanta habilidad y valentía para ponerle fin, como lo hizo Heracles. Precisamente ese es el centro de los temores que provoca y el gran desafío ante el que se encuentra la comunidad internacional, como la incertidumbre que suscitan sus capacidades de actuación y la firmeza que requiere su eliminación.

La dificultad para enfrentarse al yihadismo radica en lo imprevisible de sus ataques, que van por delante de la planificación estratégica para combatirlos. Además, parece difícil determinar quién y cómo asumirá la personalidad de ese Heracles mitológico, que urge se transforme en un actor definido y eficaz. Acaso Heracles podrá ser el mundo occidental contra el que esa Hidra busca su venganza por los “daños” históricos.

Quizás, esto no sea más que parte de ese mito, pues no es solo Occidente contra quien se revela el monstruo, también, en oposición a las sociedades árabes-islámicas. Esto parece trasladar su leyenda al mito romano de Saturno, quien devoró a sus propios hijos. Pero es que Saturno emulaba al Cronos griego, ese dios del tiempo que todo lo destruye y lo termina; así, no podrá ser otra cosa lo que ocurra con el Estado Islámico. La irracionalidad de su agresividad ha hecho huir a miles de personas, y se ha traducido en flujos de refugiados similares a los de la Segunda Guerra Mundial. Debido a esto, la propia organización Al Qaeda se ha distanciado de sus argumentos y tácticas;  no obstante, esto no es elemento de tranquilidad, pero sí es significativo que su extrema brutalidad pueda ser su talón de Aquiles.

Califato al estilo medieval 

Sin remontarse a las explicaciones clásicas del mundo de griegos y romanos, volver la vista al siglo pasado será de gran ayuda para entender, al menos, una parte de todo ese inframundo en el que se ha fraguado el nacimiento de una ideología, que posee los rasgos de los totalitarismos que ya golpearon el orden internacional y que fueron vencidos.

Ahora que se cumple un siglo de los Acuerdos Sykes-Picot, que en 1916 establecieron las fronteras de Oriente Próximo, las posiciones occidentales parecen dispuestas a un esfuerzo revisionista de sus comportamientos históricos. La razón de ello estriba en el desastre que ha generado la Primavera Árabe en aquella región, pues más que una reivindicación de las aspiraciones democráticas de los pueblos en el siglo XXI, ha derivado en el fin de las fronteras existentes durante una centuria.

En este escenario la mejor muestra fue la evolución que ha seguido a la intervención norteamericana y de sus aliados europeos en Irak desde 2004 y la Guerra Civil de Siria desde 2011. Es como si el fatalismo histórico hubiese acabado por demostrar la escasa mella que en aquellos Estados haya tenido la cultura de los derechos humanos, por encima de la cual masas de fanáticos se afilian a una versión instrumentalizada de lo que para ellos representa el Islam.

Estas masas manipulan una religión convertida en una ideología intransigente, anuladora de la parte doctrinal que la hace compatible con la convivencia pacífica, tolerante con el multiculturalismo y, sobre todo, respetuosa con la dignidad humana. Todo eso ha desaparecido bajo la anacrónica aspiración de reconstruir un califato al más puro estilo medieval. No hay una lógica en esta quimera que arrastra a innumerables seguidores. Entre ellos hay quienes están absolutamente convencidos de esta reverberación del paraíso con fundamentos terrenales, pero son seguramente más aquellos que lejos de haber sido abducidos por este pensamiento, lo único que pretenden es sobrevivir al pánico y presiones de estos individuos.

Soluciones complejas 

Ante esta situación queda plantearse las soluciones al Estado Islámico, que, además de una población en crecimiento, ha logrado hacerse con un espacio territorial concreto, con una organización institucionalizada, una financiación sostenida por el crimen organizado y los hidrocarburos y unas milicias bien entrenadas. No es un grupo terrorista al uso, es un Estado terrorista.

Las respuestas deberían pasar por la coherencia y sensatez entre los actores de la comunidad internacional. El bloqueo de su economía es clave para su debilitamiento, y por tanto no pueden haber Estados en la región que mientras lo combaten, a su vez se sirven de su mercado energético.

Asimismo, no se puede terminar con su expansión a través de una intervención armada de disposiciones y medios limitados, como parece suceder a la respuesta liderada por Francia después de haber sido golpeada en su propio territorio por el yihadismo. Tampoco, puede ser obviada la realidad de Oriente Próximo sujeta a los intereses de Arabia Saudí e Irán, pues son parte de la solución. La necesidad de crear puentes entre ellas debería ser una prioridad más urgente que el uso de la fuerza, que probablemente puede ser empleada para destruir las bases del Estado Islámico.

Ahora bien, si esto ocurriera no debería tener lugar sin antes determinar cómo, por quién y con qué fines. Más allá de terminar con el terrorismo, habrá que contar con el reparto de influencias de las grandes potencias islámicas, dispuestas a defender sus intereses y a quienes los protegen.

No obstante, el rechazo a los males occidentales no es suficiente para explicar el disparatado comportamiento de los seguidores del yihadismo. Como ideología, no religión, tiene un componente psicológico trascendental. El terrorismo islamista tiene una parte de reivindicativo, pero sobre todo lo tiene de punitivo. Se recrea y crece en el “castigo” a sus oponentes, que llega a su máxima expresión con la inmolación de sus “combatientes”. La violencia es un fin en sí misma no un medio, es la recompensa a los muyahidines (combatiente islámico fundamentalista). Los terroristas necesitan una estructura social que los sostenga para garantizar el éxito de sus cometidos, ya sea en un conflicto convencional, en la ejecución de sus crímenes contra los ciudadanos de aquella región o en atentados en los países occidentales. Por eso, las medidas contra la radicalización deberían ser incluidas en el conjunto de las soluciones.

Este es otro de los grandes desafíos que presenta el terrorismo islamista. En los países musulmanes esta lucha depende de la disposición de las autoridades locales, conscientes y decididas con fórmulas eficaces para limitar la exasperación y conducir a estas sociedades hacia el regeneracionismo ideológico. Para ello, es necesaria la introducción de muchas de aquellas reformas demandadas en las revueltas árabes, que den credibilidad a los sistemas políticos y ofrezcan vías para alcanzar justas y mejores condiciones de vida.

Por otro lado, en esa misma lucha deberían involucrarse las comunidades musulmanas ubicadas en los países occidentales. En ellas hace falta un compromiso superior al actual, manifestado en un rechazo que disminuya la predisposición de los radicalizados a la comisión de atentados. No se trata solo de un control policial, sino de configurar los medios para evocar ese sentimiento de fracaso ideológico, basado en el convencimiento de que el yihadista no representa al Islam y hacer que lo entienda de este modo, es decir, debe ser una reacción desde dentro.

Mientras los enfoques hacia la búsqueda de soluciones no diversifiquen los contextos y las fórmulas de actuación, el desafío del yihadismo seguirá siendo una amenaza internacional.

Ver más acerca de la noticia.